Reza un
viejo dicho que somos lo que comemos. Cuando entro en un supermercado, y pienso
en esa frase, mi cabeza empieza a divagar ¿En que se transformaran todos esos
E-101, E-220, etc.? ¿Estaremos tan enlatados como esos atunes? Por no decir
cuando paso por la sección de golosinas… La verdad, es un poco desconsolante
pensar que hay tantos metros cuadrados de grandes superficies y tan pocos de
tiendas o puestos de mercado con comida ecológica. Pero en fin, esta es nuestra
realidad hoy en día, y de nada sirve negarlo. Por suerte, cualquiera de nosotr@s,
en la medida de sus posibilidades, puede escoger libremente en qué invierte su
tiempo y su dinero, y por ende, dónde hace su compra. Pero si realmente piensas
que ese antiguo dicho tiene algo de valor, esta decisión no debe ser tomada a
la ligera.
No voy
a negarlo, soy un acérrimo defensor de los productos ecológicos. No sólo porque
yo sí creo que somos lo que comemos,
sino porque, al mismo tiempo, creo en la interdependencia energética de la
Vida. Bueno, ya que entramos en terreno resbaladizo, quizás deba explicarme
mejor. A lo que me refiero es que, como tod@s sabréis, la energía muta, se
transforma, pero nunca desaparece. Por lo tanto, de lo que se trata, al menos
para mí, es de intentar que esa energía circule lo más limpia y eficientemente
posible, idealmente sin pérdidas ni residuos. Por ello, valoro mucho el proceso
de producción, elaboración y distribución de los productos con los que voy a
alimentarme. Y en eso, la producción ecológica, la filosofía “Slow Food” y el
“Km.0” tienen eminentes ventajas.
Podríamos
discutir largo y tendido sobre los pros y los contras de comer “Bio”, pero no
sólo de pan vive el Hombre… Ni la Mujer. A parte del cuerpo físico, necesitamos
alimentar diariamente el cuerpo emocional, el mental y, porque no, el
espiritual.
Estaremos
tod@s de acuerdo que no alimentamos igual nuestra mente leyendo un buen libro
que viendo ciertos programas televisivos (de cuyos nombres no quiero
acordarme…). Ambas son formas de distraerse, quizás. Pero las pérdidas de
energía que causan y el residuo que dejan en tu mente no son los mismos…
Evidentemente, cada cual es libre, como dije antes, y afortunadamente, de
escoger en qué invierte su tiempo y su dinero. Pero no obstante, la realidad
objetiva es la que es y, al igual que no es lo mismo comer “Bio” que comer los
productos que vemos anunciados en la tele, no es lo mismo alimentar tu mente
con información inteligente y estimulante que dejarla pastando en ese lodazal
de estímulos alienantes y aletargantes que llamamos telebasura.
Así pues
¿Cómo te alimentas? ¿Con comida sana o con comida basura? ¿Con ocio Inteligente
o con Ocio-basura? Tod@s aceptamos que
es nuestra responsabilidad, como adult@s, ejercer nuestra decisión en lo
referente a estos aspectos, y que está en nuestras manos optar por una u otra
opción, o cualquier otra intermedia que nos parezca oportuna.
Pero
¿hacemos lo mismo cuando se trata de nuestra emocionalidad? ¿Y respecto a
nuestra espiritualidad? Es decir ¿nos comportamos como adult@s en lo referente
a nuestras necesidades emocionales y espirituales? Esta es una cuestión que
quizás no nos planteamos muy a menudo.
Tod@s,
en mayor o menor medida, sentimos que tenemos unas necesidades emocionales que
cubrir. Y, en algún momento de nuestra vida, también podemos sentir unas necesidades
espirituales que nos gustaría satisfacer.
Permitidme
hacer un inciso y volver por unos instantes a nuestro tema inicial, el de la
alimentación. Tenemos tod@s claro que, en cuanto nacemos, dependemos de nuestra
madre primero (si tenemos la suerte de ser amamantados por su pecho), de
nuestros padres después, y que, paulatinamente, vamos abordando un largo
proceso de emancipación: primero aprendemos a comer solos lo que nos preparan
nuestros padres y madres; después aprendemos a hacernos la comida nosotros
mism@s y, finalmente, aprendemos a ganarnos el sustento con qué comprarla, y
con el que pagar el hogar, la cocina, la mesa y el ajuar que vamos a necesitar
para degustarla. Este proceso de emancipación es, precisamente, lo que nos
convierte en adultos. Y en la medida en que estemos en un punto u otro de ese
proceso, podremos medir en qué lugar de nuestro proceso de madurez hacia el
adulto estamos ¿Estamos?
Bien.
Entonces mi pregunta ahora para vosotr@s es la siguiente: ¿En qué lugar de
vuestro proceso de madurez estáis respecto a vuestra emancipación mental? ¿Y
respecto a vuestra emancipación emocional? ¿Y respecto a la espiritual?
Si os
parecen preguntas sin sentido, os pido que reflexionéis por unos instantes.
Emanciparse
es ser capaz de cubrir tus necesidades ¿no es así?
Lo
aceptamos como algo natural en lo que respecta a agenciarnos nuestra
materialidad: comida, objetos, hogar, vestido, medio de transporte, etc.
Pero
¿hacemos lo mismo en lo que se refiere al resto de nuestras necesidades? ¿Nos
hacemos cargo de satisfacer por nuestros propios medios esas otras necesidades?
¿O, por el contrario, esperamos que otr@s
nos las resuelvan? ¿Somos autosuficientes en esos aspectos, en la
emocionalidad, en la espiritualidad, en lo mental incluso? ¿O esperamos que
alguien de fuera nos aporte nuestro equilibrio emocional, nuestro sustento
espiritual, e incluso nuestra dosis de estímulo intelectual?
En
otras palabras… ¿Te alimentas, o te alimentan?
Marc
Ferret